La banalidad de la soberbia
Vamos tropezando, arando en el desierto, izando velas al viento, volando globos de colores. Alzamos los brazos y clamamos al cielo por comprensión, empatìa, buena voluntad, nobleza de espíritu y grandeza de sentimientos.
Dejamos de lado el orgullo, la soberbia y el yoismo, para aferrarnos en la creencia de que el ser humano vale oro, que tiene remedio, que hay esperanza. Cuando nos hieren injustamente tratamos de no ver, de no sentirnos ofendidos, pues sin poner la otra mejilla perdonamos porque sabemos de debilidades, de pequeñas miras, de envidias y frustraciones.

No hay eternidad en la tierra, no somos montañas ni rios caudalosos, no somos ni siquiera la humilde y diminuta arena del mar…ellos han estado y estaràn; nuestro paso es efìmero.
Disfrutamos del calor de la tarde primaveral, de las avecillas que se acercan tìmidas a las semillas que les dejamos en la ventana, solo por el placer de admirarlas y escuchar su canto cercano. Vemos que las flores que sembramos hace poco retoñan enhiestas mirando agradecidas hacia la luz de la nueva estaciòn, que viene generosa a iluminarlo todo. Estas pequeñas cosas nos confortan y nos crean la ilusión del camino andado.
Pero cuando buscamos el espejo que nos permite mirar nuestro interior, casi siempre desconocido, para ver lo que no queremos aceptar, nos horrorizan las pequeñeces que han logrado sobrevivir a nuestra lucha por ser mejores seres humanos. ¡Que dura y ardua es la autocrítica!, y que reacias son esas sombras a desaparecer. Quieren permanecer con nosotros, nos adulan, haciéndonos creer que somos grandiosos. Le hablan con melosa voz a nuestro orgullo, lo sobornan…
Pero debemos ser mas fuertes, debemos luchar a brazo partido contra la oscuridad mezquina que nos mantiene en una zona de confort peligrosa, pintándonos maravillosos dones fáciles de lograr, para alejarnos de nuestros propósitos de lucha y crecimiento espiritual. Del legítimo deseo de trascender.
Somos mucho más que lo que creemos ser. El destino del hombre se acerca con celeridad a su origen, a su creador, a su porqué en este planeta, que con duras lecciones nos enseña la futilidad de la soberbia, lo inútil del insulto, de la agresión, de la superioridad.
Pobres si no queremos darnos cuenta que mucho del polvo que nos sacudimos de las ropas y limpiamos del rostro cada dìa, proviene de los tantos millones de otros iguales a nosotros, que nos precedieron.
Autora: ADELFA MARTÍN