La cuestión. El problema de la violencia en las escuelas, ¿es un fenómeno achacable a las nuevas generaciones?
La respuesta / La relación con el saber
La intención del profesor Bernard Charlot de compilar esta serie de charlas y artículos, es la de hacer más accesible sus reflexiones sobre la educación, un área en la que el francés es una autoridad. La editorial uruguaya Trilce presentó (con una traducción del portugués de Mariana Magallanes) estos textos bajo el largo título de La relación con el saber, formación de maestros y profesores, educación y globalización (290 pesos). En un país que discute su ley de educación, mientras los padres se acomodan a mantener una relación muy distinta a la tradicional con la escuela de sus hijos, el aporte de Charlot viene muy a cuento.

Los profesores y la opinión pública se refieren a la violencia (en la escuela) como un fenómeno nuevo que habría surgido en los años ochenta y se habría desarrollado en los años noventa. En verdad, históricamente, la cuestión de la violencia en la escuela no es tan nueva. En el siglo XIX hubo, en ciertas escuelas, algunas explosiones violentas sancionadas con prisión. De la misma forma, las relaciones entre alumnos de los establecimientos de enseñanza profesional de los años cincuenta o sesenta eran con frecuencia bastante groseras. Sin embargo, aunque la violencia en la escuela no es un fenómeno totalmente nuevo, asume formas que, estas sí, son nuevas.
Primero, surgieron formas de violencia mucho más graves: homicidio, estupro, agresiones con armas. Es cierto que son hechos que continúan siendo muy raros, pero da la impresión de que no hay límite alguno, que de aquí en adelante, todo puede ocurrir en la escuela, lo que contribuyó a producir lo que se podría llamar una angustia social frente a la violencia en la escuela. Además de eso, los ataques a los profesores o los insultos que les son dirigidos ya no son raros: ahí también hay un límite que parece haber sido transpuesto, lo que hace crecer la angustia social.
Segundo, los jóvenes involucrados en los casos de violencia son cada vez más jóvenes. A veces los alumnos de 8 a 13 años se muestran violentos hasta frente a los adultos; maestros de escuelas maternales dicen que también se enfrentan con fenómenos nuevos de violencia en niños de cuatro años. En este caso, se ve afectada la representación de la infancia como inocencia, lo que lleva a los adultos a preguntarse sobre cuál será el comportamiento de esos niños cuando lleguen a la adolescencia. También hay ahí una fuente de angustia social con relación a la violencia escolar.
Tercero, se asiste, desde hace algunos años, a un aumento del número de “intromisiones externas” en la escuela: se trata, a veces, de la entrada en los establecimientos escolares, de bandas de jóvenes que vienen a ajustar cuentas, en la escuela o hasta en los salones de clase, de disputas nacidas en el barrio: se trata con mayor frecuencia todavía de un padre, una madre, un hermano o un amigo que viene a vengar brutalmente una “injusticia” sufrida por un alumno de parte de un profesor u otro profesional de la escuela. Hay aquí otra fuente de angustia social: la escuela no se representa más como un lugar protegido y hasta sagrado, sino como un espacio abierto a agresiones venidas de afuera.
Cuarto, profesores y funcionarios administrativos de la escuela, principalmente en los barrios problemáticos, son a veces, objeto de actos constantes, que no son violentos en sí pero cuya acumulación produce un estado de sobresalto, de amenaza permanente: Aun cuando la escuela, en determinado momento, parece (relativamente) calma, el personal sabe que esa “calma” puede quebrarse en cualquier momento. El símbolo de ese sobresalto es el disparo frecuente y varias veces al día de las alarmas de incendio.
La angustia social ocasionada por esos fenómenos aumenta en la medida que incidentes violentos, hasta muy graves, ocurren en establecimientos escolares que parecían escapar a ellos (colegios de ciudades del interior, por ejemplo). Aún adoptándose (hace más de 10 años) “planes” y “medidas” que acabarían, o por lo menos disminuirían, el problema de la violencia en la escuela, para que él solo aumenta y que se está convirtiendo en un problema estructural; ya no accidental. Como si no bastase, esa violencia después de instalada en las escuelas de barrios “problemáticos” parece extenderse a otros establecimientos.
Tal situación de angustia social lleva a discursos socio-mediáticos que tienen la tendencia de amalgamar fenómenos de naturales muy diferente. También los sociólogos e investigadores en ciencias de la educación, se ven obligados a elaborar, en sus trabajos, distinciones conceptuales que permitan introducir cierto orden en la categorización de los fenómenos considerados como “violencia en la escuela”. Pero esta tarea no es fácil.
La lucha de aprender
En la contratapa de la edición de Trilce se avisa que Chalot “ha centrado su actividad (…) particularmente sobre la evolución de la escuela en una sociedad en mutación y sobre las dificultad de aprendizaje en medios populares”.
Fuente original:
http://www.elpais.com.uy/